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Un verso creador

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Un arquitecto emprende el diseño de un proyecto nuevo enfrentado, él solo, a un espacio dispuesto a ser transformado al igual que un pintor y un escritor lo hacen frente al lienzo o el papel en blanco; al igual que el escultor ante la piedra en bruto y el músico ante el silencio, materia ansiosa por servir de soporte a un nuevo mensaje que el artista develará componiendo la obra que ya existe integrada en ella. En el acto de crear, lo imaginado se hace realidad al tomarlo del espacio de posibilidades infinitas en el que habita la mente y darle vida es sólo la convergencia y organización de sus elementos. El creador de una obra se aísla para que su mente se enfoque y conecte con la afluencia de la inspiración, puesto que no crea solo y de hecho no es más que un instrumento del verdadero creador, que es el pensamiento activo.

Un artista está en el proceso de crear. Se ha aislado para concentrarse en ello y dispone su mente para el diálogo con la esencia de la que recibe la información que necesita. La inspiración es un estado de gozo accesible por el amor y la confianza hacia la sabiduría superior que interviene. Es un estado de apertura y receptividad, de activación en la frecuencia apropiada, de equilibrio entre pensamiento y emoción, de meditación… Es dejar hacer, permitir el flujo libre de la mente creadora en nuestra dimensión, el juego de los elementos que disponen lo mejor cuando se les permite hacerlo desde un estado de receptividad. La buena creación es fácil, simple, fluye sin esfuerzo porque es el estado natural del ser, la alegría de hacer lo maravilloso porque se cuenta con todo, con lo más excelso, lo mejor.

La inspiración es un estado de compenetración con el todo, que es sabiduría y generosidad sin límites, en el que participar de la creación es tan sólo tomar los elementos correctos de esa fuente inagotable y componerlos para un propósito particular en un trozo de existencia. La inspiración es fe en acción y su producto una evidencia del amor. No se puede crear sin acudir a estos sentimientos. La fe es alegre, divertida, sorprendente, no convencional, es el agua fresca del creador. El amor es compasión y revelación, el terreno fértil donde crece la semilla de la obra creada. Darle vida con los elementos esenciales es hacer arte. Por la inspiración, el poeta accede al lenguaje de la comunicación con la poesía del universo para transmitir en palabras mundanas la comprensión del acto que modela constantemente nuestra realidad.

El arquitecto crea para otros a la vez que lo hace para sí mismo ya que está construyéndose a partir de su obra. En esa medida todos somos arquitectos de nuestra propia vida y mientras construimos para nosotros, lo hacemos también para todos, pues todos comparten con nosotros el mundo. Los espacios construidos por un arquitecto son el lienzo sobre el que quienes los habitan, construyen su mundo. Un artista siente el deseo de comunicar una idea o una emoción, decir algo que piensa sobre alguna cosa en particular desde su capacidad comprensiva y su obra puede convertirse en un referente que influye sobre otras personas en el aspecto psicológico, cognitivo o abstracto, pero con la capacidad de transformar los parámetros mentales y consecuentemente, el desarrollo de sucesos. El arte como tal, puede ser condición o base para la construcción de vida desde una perspectiva espiritual e intelectual que sin duda es alimento importante para el perfeccionamiento del ser y las realizaciones que contribuyen a la evolución colectiva. La arquitectura contiene esta faceta del arte pero también un aporte funcional que se acerca a la psiquis humana por medio de la experiencia vivencial. La creación se traduce en orden y el orden físico es la manifestación del orden mental.

Diversas expresiones del arte son también ciencia porque involucran en su propósito el elemento funcional o técnico. Así como el arte es el resultado del conocimiento traducido mediante el lenguaje subjetivo, la ciencia es el resultado del mismo conocimiento traducido en un lenguaje cuantificable y objetivo, complementándose mutuamente en la búsqueda de las verdades que se hallan en la sabiduría del universo. El arte es el producto de la ciencia; cuando todo se ha comprendido mediante el estudio y la investigación científica, cuando en nuestro cerebro el hemisferio serial ha concluido, sólo queda espacio para la experiencia de nuestro hemisferio paralelo. Cuando la ciencia ha concluido su labor, el resultado queda plasmado en la vivencia del mundo, la cual es arte puro y creación en movimiento. El arte, la ciencia y la experiencia espiritual son sólo distintas formas de acercarse a la comprensión de la vida. El científico es un develador de la física y la mecánica del mundo; el artista es un mensajero del lenguaje que no puede reconocer la ciencia.

La mejor poesía de los últimos tiempos ha sido escrita por la ciencia al adentrarse en las profundidades de la mecánica cuántica. Cuanto más se intenta descubrir el secreto resguardado a escala subatómica, tanto más se diluyen los preconceptos teorizados, porque en el esfuerzo por encontrar los componentes más elementales, los ladrillos con los que está construido el universo, la ciencia ha entrado al campo de lo intangible, lo inmensurable y relativamente incomprensible. Al penetrar en el universo del átomo con el alcance de la tecnología actual, se pierde el rastro de sus partículas, o mejor, el rastro es lo único que se encuentra y por esto se deduce que ellas existen aunque aún no ha sido posible observarlas, tal vez porque a esta escala ya no pueden considerarse como materia sino como expresiones electromagnéticas que se manifiestan individualmente únicamente cuando no se las busca, pues su particularidad es ser un campo de ondas de energía que se sitúan en todos los lugares a la vez.

Esa es la poesía de la realidad que le ha correspondido declamar a la ciencia, ante la cual los científicos que tratan con sus estrofas están de acuerdo en afirmar que el nombre de “mecánica cuántica” con el que se le identifica, a la luz de los descubrimientos está errado y no representa la realidad de una dimensión que de mecánica no tiene nada, pues todo lo que existe, tangible e intangible, visible e invisible, humanamente perceptible o no, está formado por estas partículas difusas y evasivas, de gran complejidad en su simplicidad y de multiplicada presencia en su singularidad puesto que son a la vez individuales y parte del todo que es este campo unificado de información que llamamos universo, el cual se manifiesta en cambiantes facetas, riqueza y variedad pero siendo uno solo, un solo cuerpo, una sola alma, un solo océano, existente también por completo en cada una de sus gotas.

El universo es una obra de arte. El Universo ES: Un Verso.

Entenderlo por la razón de la ciencia nos deja espacio para presenciarlo y traducirlo en la experiencia que es el arte de vivir, durante la cual construimos nuestra obra particular impregnada con nuestra capacidad de contemplación. No se puede llegar a cierto grado de comprensión vital del universo sin entrar en los dominios de la espiritualidad porque ella participa en los niveles más altos del ser, que es donde empieza a perderse el peso del intelecto. Allí está la ionosfera de la mente que colinda con el espacio extrasensible al que es preciso ingresar con el atuendo apropiado si queremos participar en él aunque sea por momentos, pero este traje como cualquier otro es apenas la apariencia, porque en el fondo y a pesar de la rara sensación que produce el hallarse a esas alturas desconocidas, descubrimos una correspondencia evidente entre aquel ambiente que creíamos hostil y éste al que estamos acostumbrados. En su esencia e inasible definición, sabemos desde muy profundo que ambos son en realidad lo mismo y que son el mismo.

Como es arriba es abajo, revelan las escrituras de todas las culturas humanas cuando se refieren al universo que sin exclusión de cosa alguna, lo afirman como potestad de Dios, autor de su existencia por virtud de La Palabra proferida, que ha resumido en un verso el poema de la creación. De ellas extraemos que los atributos de ese Ser Único que es el creador de todo, escapan a nuestro entendimiento, pero en el esfuerzo por comunicarnos de una forma simple algunos de los más asequibles, hemos conocido por ejemplo que:

· Es omnipotente, o sea el único que tiene la capacidad de realizar todo por su propia voluntad y juicio.

· Es omnipresente, pues está en todo lugar y en cada ser del universo, “en la tierra y en el cielo”, es decir en cualquier dimensión sin límite en el espacio.

· No está limitado por el tiempo, es eterno y no tiene principio ni fin. Está en el pasado, el presente y el futuro, siempre, simultáneamente.

· Todo está en Él, por tanto también cualquier dualidad en la que lo negativo y lo positivo tienen un propósito claro de polaridad positiva resultante, que se conoce como evolución.

· Todo lo sabe. Él conoce lo que está en el pensamiento de cada individuo, o sea que es el pensamiento; no se le puede engañar, nada sucede sin que Él lo sepa, incluso antes de que ocurra, por su condición intemporal.

· Es la luz que ilumina el universo y es amor en acción. Luz y amor son la energía del universo, pero el amor entendido como la fuerza de la inclusión entre partes que se interesan mutuamente, que es su real significado.

· Es la justicia. Toda causa tiene su efecto, nada ocurre por casualidad pues todo responde a una ley. Nada pasa inadvertido por estar compenetrado con el todo.

· Es abundancia y generosidad ilimitadas. Como poseedor de todo, comparte sin medida con “sus hijos”, a quienes siempre escucha porque como tales, hacen parte de Él mismo.

· Es espíritu y agua de vida. Elementos esenciales para la creación de vida en las dimensiones conocidas y por conocer. El espíritu es una naturaleza de sabiduría y elevación activa, inconcebibles para el intelecto humano.

· Es la perfección. Y la mantiene al perfeccionarse continuamente. No tiene defectos ni contradicciones, es solo que Dios no se puede comprender, no se puede discutir, no es cuestión de mente sino de un corazón profundamente abierto.

De alguna manera, el hombre de todas las culturas tuvo acceso a esta información en el curso de la historia. Le fue dada o inspirada por algún factor a nombre de la sabiduría que precisaba explicarlas de una forma comprensible para la naturaleza del destinatario, teniendo en cuenta que no existe otro tema más impenetrable y complejo que la razón de la vida y su origen, pero siendo imprescindible enseñarla para dejar una guía necesaria como eficiente contrapeso a las acciones de una sociedad de individuos de carácter débil y proclives a las bajas pasiones que derivan hacia la entropía y en nada aprovechan para su propio crecimiento, el cual es uno solo con la abundancia de vida que hace parte del universo.

Un mensaje así solo puede transmitirse mediante analogías, indicaciones que logren su cometido. El mensaje de Dios para el ser humano es comparable a la instrucción preescolar con respecto a la avanzada; no se puede informar a un niño sobre materias universitarias, hay que seguir un proceso hasta alcanzar la capacidad para entenderlas. Esto es un hecho que va más allá del interés en el conocimiento, ya que biológicamente estamos limitados al actual estado natural basado en el carbono, que es el elemento fundamental en nuestro ADN, el cual, como se ha descubierto, puede transformarse mediante un cambio consciente gradual y colectivo hacia el siguiente paso evolutivo basado en el silicio, a donde las futuras generaciones llegarán en la medida que comprendan la información de esa “etapa universitaria” a la que tendrán derecho, que para el caso es establecer contacto con el tipo de entendimiento que será soporte de un renovado estado mental en el que el péndulo cerebral se inclina un poco más hacia su hemisferio paralelo.


Si “como es arriba es abajo” se hace evidente en la correspondencia entre el universo subatómico y el celeste, que a pesar de hacerse ambos inalcanzables en su dimensión y naturaleza desde los lenguajes del arte y la ciencia, ellos mismos entrelazados en una espiral de progresión espiritual nos muestran que los atributos de Dios están todos presentes y son esenciales del universo, que estando ligado a su condición fractal, en la que sin importar cuánto nos apartemos o penetremos en su estructura, podemos vislumbrar al propio universo como el Ser de Dios en toda su expresión, en cuerpo y mente, en materia y energía como parte de su manifestación de sabiduría infinita e inteligencia consciente motivada por el amor y la fe. Al establecer contacto con Él por medio de la sensibilidad más profunda, es posible percibirlo, contemplarlo y experimentarlo desde sus atributos más abstractos, que son los que consideramos más “humanos”. Dios es todo y todos somos parte de Él. Él nos da la vida y para su propósito debemos vivirla.

Dios es su propia obra de arte. Dios ES: Un Verso.

Muchos sabios y profetas nos han compartido las pautas para que con un poco de interés y persistencia se encauce el camino hacia Dios, nuestra unión con el universo a la altura de la evolución. El más excepcional de los iluminados que se ha manifestado en el mundo e inspirado a los hombres hasta el punto de dividir la historia en su nombre, hablaba sobre la forma de llegar a Dios con la frase: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino a través de mí”. Con esto Jesús nos indicaba que para conocer a Dios había que ser como él, poniendo en práctica lo que enseñaba como única forma de acceder a la iluminación. Afirmaba que hacemos parte de Dios y tenemos acceso a su naturaleza cuando decía: “Yo soy el hijo de Dios y todos vosotros también sois hijos de Dios”.

Todo hace parte del universo consciente y sabio que es el único Ser Creador. Para estar en contacto con su esencia infinita solo hay que entrar en nuestro silencio interior y escuchar con atención cómo surge una sinfonía de la que tomamos nuestra propia partitura para interpretar el instrumento que nos ha correspondido en la composición de esta obra de arte que es la vida.

De fruto a semilla

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En referencia a la mencionada ecuación de Frank Drake, para esta época en los albores del siglo XXI, nuestra humanidad todavía no se cuenta entre ese número de civilizaciones avanzadas con la que otros posibles mundos puedan contactarse porque de los siete factores que involucra la ecuación, aún no hemos superado el último, pues estamos en ese punto crucial en el que nuestras acciones nos llevarán por el camino de la evolución o menos probablemente, el de la extinción.

Para los hipotéticos habitantes de lejanos barrios en el universo, nuestra civilización no existe y si en nuestra reiterada insensatez derivamos hacia la autodestrucción, ni siquiera habremos existido alguna vez; pero si en cambio logramos imponernos al letargo que nos está empujando en esa dirección, en un esfuerzo por reconocer que estamos destinados a más altas dignidades, veremos más bien el final de nuestra etapa fetal para asistir a nuestro verdadero nacimiento como civilización, el momento del alumbramiento en el que habrá que despojarse de muchos condicionamientos para transformarnos en seres verdaderamente positivos con capacidad para aportar al desarrollo del universo que queremos descubrir. Nuestra participación en él requiere de un nuevo atuendo sin el cual no será posible traspasar nuestras fronteras, y a pesar de la gran cantidad de maldad de que el hombre es capaz y del creciente deterioro de nuestra sociedad, hay suficientes motivos para pensar que nuestro destino nos reserva una oportunidad de sobrevivencia. En unas cuantas décadas o siglos, lo que nos identificará como individuos será muy distinto de lo que hoy nos define; nuestros valores y actos estarán fundados en lo verdaderamente humano y nuestro conocimiento y visión de la vida se habrán expandido exponencialmente, con lo que los objetivos trazados estarán acordes con los de la evolución universal.

Para un momento de ese hipotético futuro, el ser humano habrá trascendido conscientemente a un nivel mental en el que todas las personas estarán íntimamente conectadas en una relación holística y tendrán un conocimiento más real sobre la conformación física y energética del universo en su conjunto. Nuestra tecnología habrá pasado del uso exclusivamente material a involucrar las cualidades del pensamiento y la conciencia que permitirán una relación más cercana con otros lugares en el universo, a donde será posible desplazarse entre las geometrías de múltiples dimensiones y participar activamente en la preservación y propagación de la vida que contribuye a la constante evolución.

El género humano no estará limitado al planeta tierra. En los primeros pasos para colonizar otros mundos será la luna nuestra principal huerta y despensa, los recursos de varios planetas en el sistema solar y sus lunas serán explotados con actitud sustentable en tanto se establecerán comunidades en lugares como Marte, Ganímedes, Europa y Encélado, confinadas en extensos hábitats que recrearán las condiciones necesarias para la vida humana y que serán la base experimental para la posterior expansión del género humano por otros parajes del universo en donde les perderemos el rastro a las generaciones del porvenir que en su incesante adaptación, conservando su identidad e historia, irán transformando su apariencia física y su psicología, dando lugar a una multiplicación espontánea de razas inimaginable, las cuales también podrán intervenir química y biológicamente su propia genética y la de cualquier otra especie, aunque con propósito evolutivo, según lo dispuesto por su elevado grado de conciencia.

De acuerdo con las teorías de la ciencia que presuponen un espacio universal ilimitado o al menos inscrito en una geometría fractal autorreferente y multidimensional en la que el tiempo no está determinado por los conceptos de pasado, presente y futuro, sino que es comparable a la imagen de un camino en el que un viajero puede desplazarse desde su posición presente, en cualquier dirección recorrida o por recorrer y por tanto, encontrarse con otros viajeros en cualquier parte del camino; vayamos entonces hasta un recodo muy avanzado en el que podremos acercar un momento de nuestra posible evolución con otra senda ya transitada:

Transcurre el siglo 24 en la tierra y el género humano se ha expandido como diáspora por el universo cercano dominando los límites de la velocidad de la luz y usando los agujeros negros como pasadizos entre distintas regiones estelares. Como muchos grupos de exploradores en distintos lugares del universo, una expedición de millones de personas viajando en una nave nodriza de dimensiones colosales, han atravesado por los campos de energía de agujeros de gusano en la constelación Camelopardalis y exploran un sector de la galaxia IC342 en el que han encontrado varios sistemas planetarios con vida inteligente incipiente, formada por sociedades de individuos de apariencia humanoide que han ido evolucionando durante mucho tiempo y se encuentran en distintas fases de transición hacia el uso de metales y organización social, que son de gran interés para estudio y observación.

En un sistema solar de 19 planetas han centrado su atención en Egeo, un planeta rocoso de atmósfera y litosfera similares a la tierra en el que han surgido varios grupos sociales sin contacto entre sí, entre los que hay unos pocos dispersos a lo largo del litoral y algunas islas de un amplio mar interior que destacan por los conocimientos tecnológicos del período prehistórico tardío y comienzan a expandirse por nuevos territorios. Estos pueblos comparten un fenotipo y organización colectiva sedentaria basada en la agricultura y la exploración marina, tienen una ciencia incipiente y demuestran gran curiosidad por los cuerpos celestes que observan en su cielo. Parecen una raza prometedora pero su situación moral es denigrante; no conocen el valor de la vida y el respeto por sus semejantes, es común el odio y la competencia sin ley que no les ha permitido pasar de su estado de barbarie en el que la corrupción y destrucción son la norma, debido en gran parte a la ausencia de una espiritualidad bien fundada que les induzca a descubrir su verdadera naturaleza como parte de un orden superior, más allá de su religión basada en los poderes del océano o el viento y dioses inspirados por las lunas y el sol, por lo cual parece necesaria una intervención sutil que impida su decadencia y les permita encauzar su desarrollo en una nueva dirección.

Para esto se lleva a cabo el proyecto semilla aconsejado en estos casos, que se practica con regularidad como parte de la contribución anaentrópica derivada de la responsabilidad adquirida con el conocimiento metafísico, en el que se implanta entre la comunidad un enviado excelso de naturaleza dual, nacido de una mujer nativa de condición biológica privilegiada y una simiente humana elegida entre las más apropiadas, provenientes de los hombres más elevados espiritualmente de esta generación que permanece en estado de divinidad, cuyas características permitirán engendrar un ser supremo que será educado y desarrollado bajo los parámetros de la nueva realidad humana en conjunción con las normas de la familia y sociedad de las que hará parte en Egeo, para realizar la misión de enseñar y dar ejemplo de vida, llevando la buena nueva del reino de Dios que es el universo completo, eternamente desconocido pero concebido y experimentado en su espíritu, que es el que nos ha brindado este don, el cual será inspirado en este mensajero de la misma forma que se infunde en todos los que se envían a cualquier otra comunidad cuando se hace necesario, con la esperanza que tras la experiencia, su historia tomará un rumbo mejor estructurado que sirva al propósito que se superpone a la básica conformación de una sociedad de individuos en estado material.

El principal reto en la ejecución de este proyecto está en la capacidad de lograr que estas sociedades primitivas logren comprender un mensaje de tan elevados conceptos, mediante la utilización de su insuficiente lenguaje en el entorno de un inestable sistema de valores y supersticioso entendimiento, para que permanezca como factor determinante de su crecimiento psicológico a través de generaciones y madure y se fortalezca con el tiempo hasta los lejanos días en que su propia evolución les permita concebirlo en su verdadera dimensión. Algunas de las estrategias que el mensajero pone en práctica para conseguirlo son la utilización de alegorías o parábolas en las enseñanzas verbales para expresar ideas sencillas sobre revelaciones que aún no forman parte del bagaje intelectual de los oyentes, el énfasis en el proceder de su vida diaria con la realización de suficientes acciones altruistas que sean testimonio evidente del poder creativo del amor canalizado por su conexión espiritual, entre las que el dominio de los procesos físicos es la consumación necesaria y finalmente, la inspiración entre diversos estamentos sociales e individuos para elaborar por cuenta propia los textos que recojan esos acontecimientos de su historia, de forma que se revele claramente su origen excepcional y sugiera su naturaleza mística de profunda implicancia espiritual, ineludible como referente al paso de los siglos y fundamento del aspecto religioso de una sociedad sana, que si bien a muchos les será difícil de aceptar, tampoco les proveerá de las herramientas admisibles para ignorarlo.


De las probabilidades

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¿Cómo explicarle el océano a un pez?...

Aún si pudiera tener conciencia de su ser, de su propia existencia, ¿cómo hacerle comprender el agua, el medio en que subsiste?... No está en su naturaleza ésta capacidad ni la necesita para ser pez, así como el ser humano no está capacitado para comprender la misteriosa complejidad del universo, ni lo necesita para ser humano.
Un pez en medio del mar está completo y no requiere nada más, puesto que le rodea su elemento; un hombre a la deriva está en seria dificultad y lo único que en ese momento necesita es una porción de suelo qué pisar, aunque sea un desierto costero, un mar de arena y roca.

La raíz latina del término “desierto” significa “sin seres, sin vida” y para nuestro entendimiento es un lugar inhabitado, despoblado. Estando en alguno de ellos, divisando el horizonte a nuestro alrededor, nos parece que sólo la nada hace presencia y desesperamos por encontrar una brizna de hierba que nos sugiera la existencia de algo, porque no podemos ver que en realidad la vida vibra entre cada roca y cada grano de arena.

Una brizna de hierba se hace notoria en el desierto y la buscamos con ansiedad, pero en una pradera, de repente desaparece en medio de una alfombra verde con trillones de ellas y solamente relevamos el árbol solitario en la colina que se nos antoja como el vestigio de la vida, ignorando además toda planta, todo estanque, todo sendero, como si tan solo hicieran parte del tapiz que le rodea.

Un desfile de hormigas en cambio no ve el árbol porque lo que les atropella es un bosque de hierba y guijarros; un plano tridimensional en el que una gota de lluvia, un trozo de hoja o el brote de una flor son el obstáculo a vencer y la atmósfera imperante ante la que el hombre sólo ve desolación al fijar su atención en el árbol lejano.

Pero no por eso cambiará su perspectiva si lo que contempla es una sucesión de frondosas montañas inexpugnables desvaneciéndose a la distancia, o la infinita región selvática lacerada de ríos, cuyos bordes visibles limitan con el cielo. Esta también será una visión desoladora para quien “vida” significa “ciudad”. Una larga traza de humo ordenado que se eleva desde el espeso bosque es considerada la señal de la vida y su imagen es comparable a la del árbol solitario a campo abierto.

Las impresiones mentales que con ligereza aceptamos, nos dan la idea más simple posible acerca de nuestra realidad espacial en relación con el entorno percibido desde el más evidente contraste inmediato, de tal forma que al considerar una ciudad, descartamos las extensas zonas verdes como parte de ella por no corresponder con la imagen sólida del cuerpo construido que define su actividad. Para muchos, las ciudades son como galaxias palpitantes separadas entre sí por vastos territorios inhóspitos en donde predomina la nada y en los cuales conviene no internarse.

Una fotografía nocturna de nuestro planeta desde un satélite en órbita a 18.000 km de altura, resalta una multiplicidad de puntos luminosos que son las miles de ciudades que el hombre ha construido. Se agrupan en formas y cúmulos ya densos o dispersos cuya luz varía en intensidad, tal como si fuera la vista de algún sector de la bóveda celeste, con los centros urbanos semejantes a estrellas y galaxias diseminadas aleatoriamente en el fondo oscuro, invisible, exánime y vacío. De esos racimos blanquísimos provienen las ondas de energía y el ruido incesante que silencian todo lo demás al obtener nuestra atención en exclusiva, como el estruendo de una orquesta que impide escuchar las puntadas del piano o el golpeteo rítmico de algún espectador.

Aquello que sobresale nítidamente y está relacionado con lo que podemos identificar es generalmente lo único que vemos. Podemos recorrer los lugares más concurridos de nuestra ciudad y sentirnos como el pez en el agua porque dominamos el lugar y comprendemos el bullicio, pero el que produce la multitud de una ciudad extraña en un lenguaje desconocido apenas lo percibimos como un ruido persistente y sin significado, el cual llegamos a considerar como el telón de fondo de alguna frase pronunciada en un idioma que entendemos.

Toda la materia visible en el universo comparada con el espacio en el que se disgrega, representa una cantidad insignificante y sin embargo es ella la que sobresale y expresa su vitalidad, condicionando nuestra valoración en una proporción muchísimo mayor a la que le conceden las matemáticas con los datos que no logran prevalecer sobre nuestra impresión visual, y en cualquier caso, relegando la oscuridad que por contraste la intensifica, al simple vacío desértico que nos dicta nuestra impresión conceptual.

Pero gracias a la ciencia del último siglo ha sido posible saber que éste aparente espacio vacío se encuentra pletórico de vida de distintas clases, comprensibles e incomprensibles, que son todo un desafío para nuestro intelecto. La primera evidencia se manifiesta en la forma de energía que mantiene interconectada y en ordenada evolución a la materia y es el océano en el que está sumergida, al cual se le denomina “espacio-tiempo” puesto que ambos conceptos son relativos entre sí y conforman la cuarta dimensión conocida, que se hace evidente por la forma en que reacciona a la presencia de la materia, de forma comparable al efecto que produce en el agua el movimiento de un pez.

La interrelación entre materia y energía es la consecuencia de la constante transformación de sus elementos básicos. Una y otra son en esencia la misma energía vibrando en distintas frecuencias e intensidades que según las condiciones de asociación pueden generar cuerpos sólidos o gaseosos, sonido, calor, electricidad, luz, etcétera, además de otro tipo de componentes que parecen necesarios para asegurar el equilibrio entre ésta energía y su opuesto negativo como es el estado de antimateria, el cual puede concebirse a partir de la intervención de otras dimensiones espaciales que están más allá del conocimiento humano, en las que también interactúan campos de energía supra espectrales construyendo una realidad con sus propias expresiones de vida.

Para la comprensión de esta circunstancia es necesario relacionar los conceptos de la relatividad y la mecánica cuántica que son inherentes a las partículas en su actividad individual e interdependiente a través de múltiples niveles y realidades paralelas, en las que se recrean para conformar el aspecto más denso de ese todo unificado del que hacemos parte cada uno de nosotros, formados también por esas minúsculas partículas entre las que fluye la energía que las une, como si los cuerpos fueran un cardumen de peces compactados por el mar.

El universo es entonces como un caldo compuesto por multiplicidad de ingredientes que se manifiestan según su lugar y propósito, en el que son más evidentes los que se asemejan a la propia naturaleza del observador, con lo cual no es acertado pensar que en los lugares más despejados de ese caldo falte alguna manifestación de la vida y mucho menos en los más densos y patentes sólo porque no podemos divisar el rastro que nosotros dejaríamos.

El método científico no permite concluir la existencia de vida en los confines del universo sin la apropiada comprobación, pero al inicio del proceso se formulan las hipótesis basadas en probabilidades, que para el caso de las civilizaciones comparables a la nuestra está basada en la ecuación presentada por Frank Drake, en la que intervienen siete factores que condicionan un estimativo realizado con las cifras más pesimistas. Con ella se pretende suponer el número de civilizaciones tecnológicamente avanzadas que podrían hallarse en nuestra galaxia la Vía Láctea:

1- Número de estrellas en la galaxia = 400.000’000.000. Cuatrocientos mil millones

2- Estrellas con un sistema planetario, (1/4) = 100.000’000.000. Cien mil millones

3- Planetas apropiados para generar vida, (2 x sistema) = 200.000’000.000. Doscientos mil millones

4- Planetas con condiciones para la evolución, (1/2) = 100.000’000.000. Cien mil millones

5- Planetas con vida inteligente, (1/10) = 10.000’000.000. Diez mil millones

6- Planetas con una civilización tecnológica, (1/10) = 1.000’000.000. Mil millones

7- Civilizaciones que no se autodestruyeron, (1%) = 10’000.000. Diez millones

¡Millones! de civilizaciones con tecnología de comunicaciones en la Vía Láctea. Aún si los estimativos fueran más pesimistas, contando con un millón, o cien mil… o mil civilizaciones, es una gran cantidad de vida inteligente, sólo en nuestra galaxia, que es una entre trillones en el universo conocido.


Pero entonces surge la pregunta más natural: ¿Por qué no hemos tenido noticia de alguna de ellas? Y la respuesta puede estar entre muchas posibles, relacionadas con nuestro estado de conciencia o de evolución, o de comprensión, de tiempo, de espacio, de conveniencia e incluso por nuestra negativa para reconocerlas si se han presentado. Nuestra inteligencia no se ha elevado lo suficiente para concebir unas razones más profundas con las que no hemos lidiado. Somos como peces en este océano universal que entendemos a nuestra manera, observados por las aves que no pueden explicarnos que para abarcarlo un poco más, es necesario saltar sobre las olas de la superficie para transformarnos en los anfibios del siguiente paso en la evolución.

De las escalas

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Estando todavía en nuestros años de infancia recibimos por vez primera alguna información sobre el mundo de la ciencia en la que nos enteramos del lugar en donde estamos respecto al universo. Sin mucha emoción aprendemos que vivimos en un planeta que es como una esfera de gigantescas proporciones que se mueve de distintas maneras en un espacio infinito en compañía de otros cuerpos celestes que hacen cosas parecidas y que en su conjunto forman un sistema centralizado en el Sol, nuestra estrella. Desde entonces, cada vez que escuchamos el término “sistema solar” viene a nuestra mente una imagen de las muchas que hemos visto en los libros o recordamos el modelo tridimensional que permanecía suspendido en un rincón del salón de ciencias con las etiquetas adheridas en cada bola indicando el nombre de un planeta.

Pero a menos que hayamos seguido una carrera científica o que estemos muy interesados en la astronomía, lo más probable es que en la edad adulta tengamos una idea similar del lugar en que nos encontramos sin darle demasiada importancia porque pensamos que no es un asunto que aporte algo a nuestro diario vivir y evitamos reconocer que estamos directamente relacionados con nuestro planeta y que éste a su vez depende del sistema celeste que consideramos ajeno a nuestra zona de influencia. La perspectiva que tenemos del mundo se encuentra reducida a nuestro entorno activo y en consecuencia, también los conceptos que adoptamos para referenciarnos como individuos, los cuales no pueden estar bien dimensionados si no verificamos las reales proporciones del lugar en el que transcurre nuestra experiencia de vida. Si desconocemos nuestro origen erraremos la dirección de nuestro destino y de igual forma lo haremos si juzgamos equivocadamente el entorno en el que habitamos puesto que esto nos permite definir nuestro lugar en el mundo.

En lo que tiene que ver con el pequeño rincón del espacio universal que ocupamos, la escala de los modelos utilizados solamente representa una correlación física ya que no se puede construir una maqueta a escala del sistema solar por ejemplo, que sea práctica y a la vez real pues si lo hacemos con el sistema en su conjunto, no veremos los planetas y si vemos los planetas no veremos el sistema. Tal vez en el futuro se pueda usar un modelo holográfico que cambie su escala en relación con el punto de vista, pero mientras esto se haga realidad tendremos que confiar en nuestra imaginación y ayudarnos con algunas comparaciones que nos permitan acercarnos más a lo que necesitamos comprender para precisar los fundamentos sobre los que basamos nuestra existencia.

Hagamos entonces un ejercicio imaginario que nos revele la escala de nuestro sistema solar más allá del armazón que estaba sobre la mesa del laboratorio de física en el que un desfile de bolas del tamaño de naranjas y limones, ensartadas en aros de alambre se ordenaban circunscritas en la bola mayor, del tamaño de un melón. Saquemos de ese modelo la bola con la etiqueta “La Tierra” y usémosla de referencia aproximando los números:

Nuestro planeta tiene 12.800 kilómetros de diámetro y la bola que tenemos en la mano, que lo representa a una escala de 1/100’000.000 (Una cien millonésima parte de su tamaño real), mide 12,8 centímetros de diámetro, es como una toronja grande. La Luna tiene un diámetro de 3.500 km, que es como la cuarta parte del de la Tierra y a la misma escala sería como un limón pequeño de 3,5 cm de diámetro. Como la Luna gira alrededor de la Tierra a una distancia media de 380.000 km, este limón girará alrededor de la toronja a una distancia de 3,8 metros, o sea a cuatro pasos, como el ancho de una alcoba de un apartamento actual, no a los veinte centímetros que muestra el modelo del laboratorio del colegio que ya no queremos comparar. Pero complementemos un poco este dato: La masa de la toronja y el limón, percibidas por su peso al sostenerlas en la mano, están lejos de las que tienen, comparativamente hablando, los cuerpos celestes, así que para relacionarlas más precisamente sería apropiado cambiar las frutas por unas esferas macizas de acero y experimentar mentalmente lo que significa la fuerza de gravedad, capaz de mantenerlas en su estado de inercia a esa distancia durante un lapso que parece infinito en el que cada hora la pequeña se desplaza solamente 3,6 cm (su propio diámetro) y cada día 86 cm, alrededor de la grande.

Mientras tanto la esfera grande tampoco se ha quedado inmóvil pues cada hora está a más de un metro de su posición previa y cada día se ha movido casi 26 metros, la longitud de seis automóviles alineados, ya que para dar una vuelta alrededor del modelo a escala del Sol debe recorrer cerca de 9,5 km. El diámetro del Sol es de 1’400.000 km, ciento diez veces más que el de la Tierra, así que si colocamos ciento diez esferas de nuestro modelo de la Tierra en fila nos daremos una idea del tamaño del Sol en comparación, que sería de 14 metros, la altura de un edificio de 5 pisos.

Imaginemos que el conocido monumento a Los Héroes en Bogotá con su altura de cinco pisos lo convertimos en un balón del mismo tamaño y lo tomamos como el centro de nuestro modelo a escala 1/100’000.000 del sistema solar en el que ubicaremos los planetas a la distancia real. La autopista norte que inicia en ese lugar es frecuentemente recorrida por sus habitantes y fácilmente referenciada por los de otras ciudades del país para establecer la comparación de nuestro modelo imaginario. El planeta Mercurio que tiene 5.000 km de diámetro y orbita a una distancia de 58 millones de kilómetros del Sol, sería una esfera de 5 cm, sólo un poco más que la Luna y estará a una distancia de 580 metros de Los Héroes, o sea a seis cuadras, digamos en la calle 85, en el puente peatonal. Venus, con 12.000 km de diámetro, casi igual a la Tierra, gira alrededor del Sol a una distancia de 108 millones de kilómetros, casi el doble que Mercurio, así que nuestra esfera Venus de 12 cm la ubicamos a cinco cuadras más de distancia, en la calle 90, llegando al puente de la NQS y la esfera Tierra la llevamos hasta 1,5 km del monumento ya que nuestro planeta está a 150 millones de kilómetros de distancia del Sol, casi el triple que Mercurio, lo que sería pasando la calle 94 y el edificio de Compensar. Si nos detenemos un momento en ese lugar y miramos hacia Los Héroes imaginando que la visual hacia el balón Sol que es el monumento no está interrumpida por el puente, podremos comprobar que el tamaño en que lo vemos es similar al que vemos del Sol real.

Siguiendo nuestro recorrido por esta línea recta que es la autopista norte, tomamos una pelota de tenis de 6,8 cm de diámetro que representa a Marte y la colocamos en el puente de la calle 100 a 2,3 km del monumento ya que la órbita del planeta está a 228 millones de kilómetros del Sol, cuatro veces la distancia de la órbita de Mercurio. Curiosamente la distancia desde el Sol hasta Marte está dividida por las líneas imaginarias de las órbitas de los planetas interiores del sistema solar en cuatro partes de longitud equivalente, pero ésta no es la única proporción geométricamente “casual” que hay de las magnitudes espaciales; de lo ya mencionado podemos referir que el diámetro del Sol es como cien veces el de la Tierra y la distancia que los separa es como cien veces el diámetro del Sol.

En el sistema solar hay una órbita más externa que la de Marte de lo que se ha dado en llamar el cinturón de asteroides que limita la parte interior, con sus cuatro planetas rocosos, de la de los cuatro planetas exteriores de grandes atmósferas gaseosas además de Plutón, que aunque está considerado como un pseudo planeta todavía se entiende la parte más alejada de su órbita elíptica y descentrada como el límite del sistema solar hasta donde se calcula su tamaño. En esta parte exterior el sistema solar se expande potencialmente. Júpiter, que es el siguiente planeta en fila, está separado de Marte el doble de la distancia de la que Marte lo está del Sol, pues su órbita tiene un radio aproximado de 778 millones de kilómetros. En nuestra maqueta virtual tomamos un balón inflable de 1,43 metros, que puesto en el suelo nos llega a la altura del hombro y corresponde a los 143.000 km de diámetro del planeta, diez veces mayor que el de la tierra y diez veces menor que el del Sol, y lo ubicaremos a 7,8 km del monumento a Los Héroes, que sería como en la calle 161, la entrada principal del barrio Toberín. Si en ese sitio nos elevamos unos metros para evitar las interrupciones visuales y limpiamos mentalmente el aire para tratar de observar el monumento esférico y luminoso, alcanzaríamos a verlo del tamaño de una uva.

Luego está Saturno que con 120.000 km de diámetro lo representamos en otro balón inflable que al lado nuestro nos da por arriba del estómago y si lo adornamos con sus anillos ocuparía el espacio demarcado para dos estacionamientos vehiculares. El planeta Saturno está alejado de Júpiter tanto como éste lo está del Sol ya que lo orbita a una distancia de 1.430 millones de kilómetros, que traducido a la escala de nuestro ejemplo serían 14,3 km, ya fuera del casco urbano de la ciudad, en cercanías de la entrada a Guaymaral. Urano tiene 52.000 km de diámetro y en nuestro modelo a escala podemos usar el balón inflable con que juegan los niños en las piscinas. En este caso la línea recta de la autopista termina mucho antes que el lugar en donde deberíamos ubicarlo, porque Urano está a 2.870 millones de kilómetros del Sol, o sea que se separa de Saturno casi lo mismo que éste del Sol y que trasladado a la escala del modelo, que son 28,7 km, podemos ubicarlo en la población de Cajicá, prolongando el eje de referencia por la extensa planicie de la Sabana de Bogotá, pues en todo caso, estando tan alejados del lugar en el que está el monumento, no podemos verlo a simple vista a menos que, como sucede en la realidad, estuviera incandescente, y en ese caso podemos suponer que desde Urano el Sol se ve como una estrella del tamaño de una lenteja.

El diámetro de Neptuno es de 49.000 km, casi igual a Urano y su radio de giro alrededor del Sol es de 4.500 millones de kilómetros, esto es nuevamente, cerca del doble de la distancia que el planeta inmediatamente anterior, por lo que Urano está a similar distancia del Sol que de Neptuno, el cual representamos con otro balón de piscina y lo llevamos por la autopista central del norte a 45 km de Los Héroes en línea recta, que es un poco antes de la población de Sesquilé, ya en el área de influencia del embalse de Tominé. Desde ese punto emprendemos el último tramo del recorrido para localizar a Plutón en el modelo. A este planeta enano de 2.300 km de diámetro, una tercera parte más pequeño que la Luna, le corresponde a escala una canica de las grandes o una nuez. El plano de la órbita de Plutón no se encuentra en el mismo plano aproximado que conforman todos los planetas que le preceden, conocido como eclíptica, y la figura de su trayectoria es mucho más elíptica que la de ellos hasta el punto que cuando se encuentra más cercano al Sol se adelanta a la órbita de Neptuno aunque en su parte más alejada alcanza una distancia de 6.000 millones de kilómetros, que para nuestro ejemplo serían 60 km, así que siguiendo por la misma autopista central llegamos al embalse del Sisga que está a esa distancia en línea recta del monumento a Los Héroes.

Imaginemos esta pesada canica girando alrededor de ese monumento a semejante distancia a causa de la atracción que éste ejerce sobre ella. No cabe duda que es una energía muy poderosa y eso que entre las fuerzas que actúan en el universo es considerada como la más débil, pero alcanza para controlar este cuerpo celeste y otros más distantes como Eris que es un poco mayor que Plutón y orbita el Sol a una distancia de más de 10.000 millones de kilómetros. Desde Plutón el Sol debe verse como una estrella más, aunque de luz muy intensa y su circunvolución aún es tomada como referencia para determinar el diámetro del sistema solar que en este caso es de 12.000 millones de kilómetros, pero si tomamos un promedio entre las distancias de Plutón y Eris, podemos decir que el tamaño del sistema solar de nuestro modelo a una escala cien millones de veces menor, cuyo centro y Sol es el monumento de Los Héroes, situado en un punto central de la ciudad que también está geográficamente centrada en el departamento del cual es capital, es comparable a este departamento de Cundinamarca.

Si en nuestro ejercicio imaginario nos situamos en alguno de estos planetas e intentamos detectar visualmente cualquiera de los otros, constataremos que parecen inexistentes aún estando, como están en este ejercicio, a la menor distancia en su órbita respecto de los otros, y siendo así, ¿cómo se podrían detectar si se encontraran en una posición opuesta de su traslación alrededor del monumento? Parece imposible, excepto en el caso que durante una noche quitáramos la electricidad en toda la ciudad, y con ella a la ciudad misma para encontrar en las esferas más cercanas el reflejo de la única luz incandescente del balón Sol. Pero ya sabemos que aún así, desde la calle 94 donde está la esfera Tierra sólo veríamos a simple vista y con mucha atención, hasta el balón Saturno de Guaymaral.

La luz viaja a casi 300.000 km por segundo. Según esto, nunca vemos el Sol del momento presente sino el de hace 8 minutos, que es lo que tarda su luz en llegar a la Tierra. En Plutón se ve el Sol de cinco horas y media antes. A esa velocidad vertiginosa, la luz recorre el sistema solar de lado a lado en unas once horas, eso nos puede dar idea de las enormes distancias que hay entre los cuerpos celestes. Con estas proporciones, la suma de toda la materia comparada con el espacio “vacío” que la rodea es cercana al 0%.

El Sol de nuestro sistema solar es apenas una estrella entre al menos 200.000 millones calculadas en la galaxia de la Vía Láctea y la más cercana es Alfa Centauri, a 4,3 años luz de distancia, que traducido a nuestra maqueta a escala es como ubicar otro balón Sol de cinco pisos de alto a 430.000 km de distancia del monumento a Los Héroes, o sea más allá de la Luna (que está a 380.000 km de la tierra), así que la maqueta a escala de toda la galaxia ocuparía más espacio que el que ocupa realmente nuestro sistema solar porque su diámetro es del orden de 120.000 años luz, lo que quiere decir que si nuestro Sol está por los lados del borde del disco galáctico, su luz tardaría ciento veinte mil años en atravesarlo hasta el otro lado a la velocidad de trescientos mil kilómetros cada segundo (La luz recorre casi 10 millones de millones de kilómetros en un año). De locos, ¿no?

De tantas estrellas que hay en nuestra galaxia, las cuales deben ser centro de sus propios sistemas planetarios, se han logrado medir muchas con procedimientos físico-matemáticos que han revelado que nuestro Sol, tan gigantesco como es, se cataloga entre las estrellas de menor tamaño y que hay gran cantidad de ellas que incluso superan el diámetro del Sol miles de veces. Antares, por ejemplo, es mil veces más grande y está en el grupo de las medianas, según se ve en este video de 100 segundos:


Bueno, pero hay otro dato: En el universo conocido, que es como se le denomina a la porción que el hombre ha detectado, se ha calculado la existencia de unos 125.000 millones de galaxias, muchas de ellas con billones de estrellas. La galaxia más próxima a nuestra Vía Láctea es Andrómeda que está a 2,3 millones de años luz. Esto lo podemos traducir para darnos una idea de la distancia, que en el espacio que hay entre estas dos galaxias caben 23 más de igual tamaño. Las estrellas y sus sistemas planetarios conforman galaxias, éstas forman cúmulos que también se destacan separados de otros a enormes distancias; a su vez agrupaciones de cúmulos forman supercúmulos. El Supercúmulo Local, que es como se denomina al que contiene, con muchos otros, al Cúmulo Local en donde está la Vía Láctea, tiene un diámetro aproximado de 500 millones de años luz. Alrededor de la bóveda celeste están catalogados muchos supercúmulos que hacen suponer que podrían conformar otras agrupaciones mayores, esta bóveda celeste es el mapa esférico aparente que rodea nuestra esfera terrestre y representa al mencionado universo conocido que los astrofísicos suponen del tamaño de 1/1.000’000.000 una mil millonésima parte del universo teórico.

Reflexionando un poco sobre estas inconmensurables magnitudes que sobrepasan la concepción mental humana, se pueden inferir muchas cosas alrededor de la filosofía que sacuden las bases de los conceptos en que nos apoyamos para definir la vida. Al ampliar cada vez más la imagen física del universo hasta ver los tejidos estructurales que conforman la asociación de unos grupos dentro de otros formando cadenas y tramas de elegantes composiciones geométricas, aparecen repentinamente los modelos que reconocemos de las formaciones microscópicas de las células neuronales que componen el cerebro, o las cadenas entrelazadas del ADN involucradas en la construcción del cuerpo humano. Recordamos que las células son los ladrillos que constituyen el edificio físico y están presentes en todos los organismos existentes, que trabajan asociadas entre sí con un propósito evolutivo, en cantidades que se cuentan por miles de millones en cada cuerpo y que a pesar de su diminuto tamaño son una compleja formación de partes aún más diminutas como los polímeros que básicamente son macromoléculas, o sea formaciones de moléculas y que éstas a su vez se componen de átomos. Al penetrar en el espacio molecular aparece un universo de partículas que semejan galaxias en constante movimiento interdependiente, hay moléculas compuestas de uno o dos átomos y otras que pueden contener miles e incluso millones de ellos. En una sola gota de agua por ejemplo, puede haber mil trillones de átomos cuyo tamaño es del orden de -10.000.000.000 m. Para entender mejor su patrón de escala digamos que si un balón de basquetbol fuera del tamaño de la Tierra, sus átomos no serían más grandes que una bola de golf.

Y ya que logramos visualizar un átomo a este tamaño podemos penetrar en él para constatar que allí dentro también hay un micro sistema solar de características comparables al universal puesto que lo que más encontramos es espacio “vacío”. Las dimensiones de las partículas que hay en él son tan microscópicas que así como sucede en el espacio interestelar en donde el porcentaje de la materia comparado con el espacio que la rodea (que en realidad es la energía que sostiene a los cuerpos en su interacción) es casi cero, en los átomos ocurre algo semejante pues las partículas que lo componen, independientemente de su cantidad, están separadas entre sí por enormes distancias en comparación con su tamaño, inmersos en una energía que los mantiene agrupados pero separados (distintas clases de radiación subatómica que pueden ser algo así como su fuerza de gravitación miniaturizada aunque de potencia muy superior) y en permanente movimiento alrededor del núcleo que es la partícula más grande y que sólo mide 1/10.000 una diezmilésima parte del diámetro del átomo (-10.000.000.000.000 m). Si en nuestra maqueta a escala decidiéramos que el balón Sol de 15 metros de alto fuera más bien un átomo, su núcleo sería del tamaño de un grano de arena y las partículas que lo orbitan, como los electrones, casi invisibles a simple vista.

Los electrones no son las únicas partículas que orbitan el núcleo del átomo pero son las más conocidas de este pequeño universo en el que ninguna de ellas ha podido ser vista sino apenas detectadas en complejos experimentos de laboratorio. Por ellos se sabe que un átomo puede tener varias decenas de electrones girando en capas alrededor del núcleo, o mejor dicho en órbitas geométricas a la manera de planetas en el sistema solar. La dificultad para detectar la ubicación de estas partículas ha dirigido la atención científica hacia el núcleo del átomo en el intento de descubrir los elementos que lo conforman, ya que después de todo en él se concentra el 99% de la masa atómica, encontrando que éste es una fusión de protones y neutrones en intensa actividad energética que están compuestos de partículas aún más pequeñas llamadas mesones las cuales son formadas por otras llamadas quarks, que por ser las más pequeñas conocidas se han dado en llamar la materia prima del universo.

Sí, pero hace apenas un par de siglos se creía que el átomo era la materia prima de todo lo existente y tampoco se tenía indicio de la existencia de las galaxias ya que no se podían distinguir de las estrellas. ¿Cómo podemos suponer que haya algún límite en el tamaño de la materia sólo porque nuestra mente no tiene la capacidad de concebir un concepto en el cual sea posible adentrarse cada vez en las partículas para encontrar otras más pequeñas sin fin, teniendo en cuenta que “algo” siempre debe componerse de “algo” que tenga alguna dimensión, y por pequeña que sea, tendrá bordes opuestos susceptibles de ser medidos? Igualmente nos empeñamos en concretar un recipiente que contenga el universo porque nuestro intelecto no admite la posibilidad que el universo sea un espacio ilimitado en el que cada vez la reunión de la materia forme nuevos cuerpos sin fin, como se evidencia a partir de los más minúsculos que conocemos, aún prefiriendo buscar una respuesta al más complicado concepto de ¿qué habría más allá del borde del universo si no es espacio? Los científicos siguen descubriendo más y más componentes en la materia y aún así parecen muy renuentes a considerar que nuestro conocimiento es demasiado limitado como para lanzar afirmaciones concluyentes, sin embargo en la era moderna, al menos en lo que concierne a la macro ciencia, no les ha quedado más remedio que ablandarse un poco de su sistemática arrogancia ante la evidencia de nuestra insignificante situación en este inconmensurable universo que nos enseña que lejos de lo que consciente o inconscientemente creamos, no somos el centro del universo ni los seres exclusivos que imaginamos y que si nuestro planeta con toda la humanidad en toda su historia se esfumara de la existencia o nunca hubiera existido, nada cambiaría en el devenir universal. Da igual que estemos o no, nosotros dependemos del mundo pero el mundo no nos necesita a nosotros.